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La carga afectiva de sus figuraciones e, incluso, de sus viñetas abstractas reproducidas manualmente, se deben a la forma en que Amador las vincula con materiales collagísticos que, a manera de contrapuntos o trasposiciones gráficas de sensaciones e, incluso, de música y aromas, les atribuyen una gran sensibilidad interna. Así, imágenes y objetos que una vez moldearon o matizaron las personalidades de sus usuarios, en la obra de Amador hoy dan fe de modos de vida y, por extensión, de expectativas de una época, pero sobre todo de una gran inventiva para conjugar ludismo con romanticismo, espontaneidad con delicadeza, expresión con reflexión, en planos caracterizados, precisamente, por su silencio. Al implicar que el tiempo es la esencia verdadera de las cosas y, sobre todo, de la necesidad apremiante de producir arte para denotar su fugacidad, todo intento de representar su transcurso termina por ser, igualmente, inasible. De allí, que el mayor logro del esfuerzo para contenerlo sea meramente poético.


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Si la obra de Amador recuerda, en el fondo, al género vanitas bien puede deberse, en mayor o menor grado, a que éste constituye una de las constantes de la pintura oaxaqueña del siglo xx. Esta conciencia de lo ya consumado por otros artistas, le ha permitido a Amador trascender sus influencias, para fundar su discurso personal, pero sin rehusar su constante principal: la latencia de lo mítico y lo legendario en la cotidianeidad del presente. Sin embargo, su formación como diseñador gráfico le ha dado el rigor para sustentar y proyectar modernamente lo que rescata de un pasado remoto. Y es por ello que su obra más reciente, como la de un arqueólogo de la memoria emocional, se sitúa sin contradecirse en un plano que valida la nostalgia mediante un lenguaje que aspira a trascender poniendo su fuerza evocativa al servicio de nuevos significados.

Texto por: Luis Carlos Emerich
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Joyas Prestadas

Es la hora en que me quedo solo y, mientras los demás duermen, abro el cajón donde guardo mis tesoros. Contemplo tus zapatillas, el pañuelo, tus cabellos, el retrato, releo tus cartas y aspiro tu perfume almizclado. ¡Si supieras lo que siento!

Gustave Flaubert

 

Es inevitable comprender el poder que el arte tiene sobre todos nosotros cuando observamos las obras de Amador Montes, la pasión con la que él se deja envolver durante el proceso creativo salta a la vista al contemplar sus óleos. El artista se ha convertido en un ávido buscador de tesoros, en un meticuloso observador de los objetos cotidianos y las rarezas disfrazadas, en un tejedor de momentos y lugares que resuenan como ecos en sus creaciones.


Más allá de las concepciones tradicionales tendríamos que preguntarnos qué significado tiene para Amador el juego de palabras que hoy dan el título a esta nueva serie “Joyas prestadas”, quizás la respuesta se encuentra en la perspectiva de un coleccionista por excelencia, para él, aquello a lo que llamamos joyas no se limita a los objetos ornamentales o a los que no lo son, más bien se trata de las pequeñas o grades cosas que comprueban nuestra existencia, que nos conectan con los personajes de nuestras vidas, objetos mágicos que atesoramos con ahínco, las pruebas infalibles de nuestra riqueza existencial: La sonrisa de una mujer hermosa, un amuleto, los trozos de una carta, la agenda de viajes, un guardapelo, las historias del abuelo, fotografías antiguas, los aromas en la piel, fragmentos de objetos que nos fueron legados, el calor de una lágrima, los libros antiquísimos, los relatos de familia, etc.

Las joyas son valiosas por su escasez o por su originalidad, por una cualidad hereditaria, por ser únicas como lo es el ser humano en el espacio y el tiempo, por ser ciertamente prestadas al ser ellas perpetuas.

El mundo fantástico que plasma Amador Montes en su obra es producto de este proceso orgánico colectivo que se nutre con las joyas propias y las de otros, de aquellos que entran en la vida del artista aunque sea por unos instantes y de quienes permanecerán grabados en su memoria. Amador ha construido el imaginario iconográfico que inspira la colección de las obras que tendremos el placer de disfrutar en estas páginas.

 

 

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La cocina posmoderna del artista se alimenta con los ingredientes de un estante repleto de objetos del pasado, y las posibilidades técnicas del presente, como parte del ejercicio de la experimentación que él origina diariamente en su trabajo. Las obras se consumen con el fuego y vuelven a vivir a través de la lírica plástica, las joyas colectadas por Amador se traducen en palabras y en versos, en ornamentos que se intrincan en los fondos de las composiciones, en texturas, volúmenes y colores, objetos que reclaman una lectura detallada del espectador.

En este infinito mundo falto de joyas personales, pareciera como si Amador se hubiese detenido a recoger uno a uno, poco a poco los incalculables granos de arena que reposan en una playa cualquiera.

Somos nuestros joyas, lo que atesoramos, un collar con cuentas de perla, el ropón del bautizo, la cámara antigua, el rebozo de bolitas, el jabón “Maja”, la creación minuciosa de nuestra ilusión; nuestras joyas le han abierto un sendero al tiempo para existir y perdurarán aún cuando ya no estemos. El arte es en sí mismo una joya prestada, es producto de la originalidad y la impulsividad humana; un objeto admirado por su belleza, atrayente por su estética, deseado por ser único y perpetuo; pocas veces es independiente de su creador.

Es pues, “Joyas prestadas”, una invitación a la complicidad de los lectores de la obra, un atisbo del proceso creativo en el taller, una pequeña mirada al mundo estético de Amador; a su discurso personal, a los relatos, creencias, motivaciones, y objetos que inspiran día a día su ejercicio plástico.

Rebeca Pareja